Dra. Mariana Gómez Villanueva
AHMSpS
Hace 110 años, los Misioneros del Espíritu Santo eran una pequeña congregación que apenas tenía poco de vida. En ese momento, la obra era frágil, pues su formador y fundador aún pertenecía a la Sociedad de María y contaba solamente con un permiso temporal para trabajar en favor de la quinta Obra de la Cruz.
En estas condiciones, en enero de 1916 la Congregación se enfrentó a un futuro incierto. Estaba por cumplirse el plazo de dos años del permiso que el Superior de los Maristas había concedido al padre Félix para permanecer en México, un permiso que no había sido fácil de obtener. Consciente de la fragilidad de esa autorización y del tiempo que se agotaba, el padre Félix decidió anticiparse a los acontecimientos. Antes de que venciera la fecha límite, recurrió a monseñor Ramón Ibarra y González, entonces arzobispo de Puebla y protector de las Obras de la Cruz, para pedirle que intercediera ante el R.P. Juan Raffin, S.M., entonces Superior General. Su intención era exponerle el complejo y adverso clima político que atravesaba el país y explicar cómo aquellas circunstancias hacían necesaria la prórroga de su permanencia en México.
Imaginando lo mismo que Félix, Ibarra escribió al padre Raffin el 14 de enero de 1916. Dicho documento es el que presentamos como efeméride en este artículo. El original es parte del acervo que se resguarda en el Archivo General de los Hermanos Maristas, en la ciudad de Roma. Esta importante fuente fue encontrada y revisada personalmente por el R.P. Carlos Vera Soto, MSpS, a quien agradecemos profundamente su generosidad por compartirla al Archivo Histórico.
A todo esto, ¿cuál era ese panorama político que Ibarra refirió en su misiva? Desde la segunda mitad del siglo XIX, la Iglesia católica atravesó una etapa marcada por políticas anticlericales que la enfrentaron constantemente con el Estado mexicano. Estos choques definieron buena parte de la vida política del país, hasta que, bajo el régimen de Porfirio Díaz, se impuso una estrategia de conciliación. Consciente del peso que la religión tenía en una sociedad aún sacudida por las convulsiones del siglo XIX, el gobierno porfirista optó por una convivencia pragmática con la Iglesia. Sin embargo, ese frágil equilibrio se rompió con el fin de la dictadura en 1911, momento en que México volvió a sumergirse en la violencia de una nueva guerra civil, conocida por la historiografía como la Revolución mexicana.
Debido al apoyo que algunos sectores de la Iglesia católica habían dado al gobierno de Victoriano Huerta, además de percepciones y creencias personales de los líderes de las facciones revolucionarias, en México se avivaron ciertos periodos de persecución en contra de la Iglesia, sobre todo a partir de julio de 1914.
El “fanatismo de las masas”, como se le denominó en ese momento al problema de la Iglesia, fue un aliciente para que se diera lo que Jean Meyer llamó la “guerrilla anticlerical”. Fue un periodo marcado por crisis recurrentes, en las que determinados sectores católicos eran hostigados de manera sistemática, como recordatorio de que la autoridad última recaía en el gobierno mexicano. A ello se sumaban el caos y el desgobierno que imperaban entonces en la Ciudad de México, un clima de inestabilidad en el que la Congregación atravesó tiempos particularmente turbulentos.
Desde sus primeros días, los Misioneros del Espíritu Santo se vieron sometidos a constantes hostigamientos. Tras la fundación en diciembre de 1914, el padre Félix y el primer novicio se instalaron en una modesta hospedería cercana a la Basílica. Fue allí donde, una mañana de enero de 1915, un agente del gobierno se presentó sin previo aviso para interrogar al padre Félix, interesado tanto en las razones de su permanencia en México como en los fines de la naciente Congregación. La visita dejó una inquietud profunda en él, así como el temor de posibles represalias. Ante ese clima de incertidumbre, el Padre buscó refugio con la familia Álvarez Icaza, quienes les ofrecieron una pequeña casa en la calle de Guatemala, en pleno Centro Histórico de la ciudad.
Algunos días después y ante el enfrentamiento constante de las tropas villistas, zapatistas y carrancistas, los novicios y Félix se volvieron a cambiar de casa, ahora a Tacuba. Allí se encontraban cuando el Ministro de Francia le hizo saber a todos los sacerdotes de origen francés en territorio mexicano que el gobierno les concedía hasta el 22 de febrero para abandonar el país. El padre Félix solicitó ayuda a Mons. Ibarra, quien le pidió que se escondiera en un Colegio de la calle de Atenas núm. 46. Allí se refugió algunos días hasta que Monseñor logró conseguirle un certificado de matrícula que hizo pasar al Padre como profesor de lenguas en el Colegio Franco-Inglés.
Ante tales circunstancias, la formación de los primeros novicios Misioneros comenzó a funcionar con regularidad hasta mediados de 1915. Por ello, a principios de 1916, el Padre apenas había logrado establecer un reglamento y cierta regularidad en la vida espiritual de los novicios. Es en este contexto tan difícil que, cumpliéndose los dos años que su Superior le había dado, Félix confió una vez más en Mons. Ibarra la importante tarea de pedirle más tiempo a Raffin. Él le escribió:
}Traducción al español
Muy Reverendo Padre:
En el próximo mes de julio se cumplen dos años de la llegada del R. P. Félix Rougier a esta República para hacerse cargo de la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo.
A causa de las circunstancias políticas, esta Obra no pudo comenzar sino hasta el pasado mes de diciembre.Sin la revolución, mucho se habría podido hacer, pues los Obispos se han visto obligados a alejarse de sus diócesis, el clero se ha dispersado y los seminarios están cerrados. A pesar de ello, contamos con cuatro novicios dotados de un muy buen espíritu, y el Padre Félix se ha dedicado a redactar los Reglamentos y Directorios con una gran solicitud, de lo cual me encuentro muy satisfecho y agradecido.
Pero debido a estas mismas circunstancias políticas, que no nos han permitido trabajar conforme a nuestros deseos, es necesario que V. P. se digne prorrogar, al menos por dos años más, el permiso para que el Padre Félix continúe la dirección de esta Obra; en este intervalo, creo con fundamento que tendremos muchas vocaciones, pues esperamos que poco a poco el orden político se restablezca.
Solicito esta gracia en nombre del Ilustrísimo Arzobispo de México y del de Michoacán, quienes, aunque ausentes de la República, comprenden esta necesidad y desean remediarla.
El R. P. Provincial y los Padres del Colegio Francés-Inglés consideran necesaria la prórroga del permiso en favor del R. Padre Félix y no dudan en obtenerla.
Yo cubriré los honorarios que el Ilustrísimo Arzobispo de México y el R. Padre Provincial determinen, en lugar de las ayudas que debían concederse.
Espero de la bondad de V. R. que quiera concederme esta gracia, la cual, como me ha dicho el Sumo Pontífice Pío X, sería una gran obra de caridad que V. R. haría a la Santa Sede.
Quedo de V. R., con profunda veneración, su devoto servidor.
México, 14 de enero de 1916.† Ramón, Arzobispo Angelopolitano
M. R. P. G. J. Raffin
Lyon.
Movido por las insistentes súplicas del arzobispo de Puebla, a las que se sumaron también las de la familia Gréville, el padre Raffin terminó por conceder a Félix una prórroga de dos años más. Con el permiso renovado en sus manos, el Padre no tardó en ponerse en camino y recorrió la República mexicana con la mirada puesta en nuevas vocaciones. Tenía un ánimo encendido por la esperanza de que aquella pequeña Congregación se fuera afianzando con más y más hijos de la Cruz. Lo que finalmente sucedió.



