Experiencia del Teologado Interprovincial
La historia de nuestra Congregación nos recuerda que el Espíritu Santo siempre nos impulsa a abrir caminos nuevos, a leer los signos de los tiempos y a responder con creatividad y fidelidad. Hoy nos encontramos en un momento particular: somos herederos de una tradición fecunda, nacida del sí generoso de nuestros fundadores, pero también llamados a renovar nuestro compromiso en un mundo que cambia con rapidez y que necesita testigos de unidad y esperanza.
Reunir en una misma casa a hermanos de una misma etapa de formación de la Provincia Félix de Jesús y de México no es un gesto meramente organizativo: para nostros ha sido una confesión de fe en la fuerza de la fraternidad y en la riqueza de la diversidad. Cada provincia es portadora de una historia, de un estilo y de un modo de encarnar el carisma; al encontrarnos, hemos sido testigos que lo que emerge no es la uniformidad, sino el descubrimiento de la polifonía del Espíritu, que actúa en cada realidad y en cada hermano. Nuestro Padre Félix de Jesús lo expresaba con claridad: “No teman a la diversidad; teman, sí, a la falta de amor. Porque sólo el amor mantiene unidos los corazones”.
La apuesta por la unidad, en medio de nuestras diferencias, constatamos que es hoy un signo profético. El mundo en el que vivimos, tantas veces dividido y herido, necesita ver que es posible caminar juntos, que la comunión no anula la identidad, sino que la enriquece. Como nos recuerda Nuestra Madre Concepción Cabrera: “La unión es la obra más grande del Espíritu Santo: une lo que parece imposible, porque viene de lo alto”.
Este encuentro es, entonces, más que una experiencia puntual: es un testimonio vivo de que la fraternidad es posible, de que nuestras historias se iluminan mutuamente y de que el carisma sigue vivo cuando se comparte y se reinventa en comunidad. Es un paso hacia adelante en la construcción de una Congregación que quiere vivir como una sola familia, abierta a las diferencias y centrada en lo esencial: Jesucristo y su misión. Los que enseguida les compartimos son nuestra voz que, al escucharse juntas, se convierten en un eco de toda la Congregación. Son reflejo de la riqueza del camino compartido y de la esperanza de seguir tejiendo unidad en medio de la diversidad. Ellos nos invitan a dejarnos interpelar, a agradecer lo que somos, y a renovar nuestra convicción de que el Espíritu sigue actuando “desde dentro”, uniendo, fortaleciendo y guiando.

Compartir del P. Gerardo Herrera, M.Sp.S.
Cuando fui invitado a ser Animador de esta experiencia me fue difícil aceptar porque estaba muy a gusto trabajando en la comunidad de Morelia, terminando el Plan Estratégico de Pastoral. Sin embargo, entendí que era una oportunidad importante para seguir construyendo la unidad en la diversidad en la Congregación, que volver a caminar juntos los hermanos teólogos de las Provincias Félix de Jesús y México era una clara invitación a unir fuerzas.
Fue muy importante arrancar la comunidad con dos hermanos de cada Provincia, formando una sola comunidad, con un acuerdo claro de la dinámica de la misma y del ámbito de autoridad de los dos delegados de formación implicados.
También ayudó mucho poner en común los procedimientos en cada experiencia de comunidad de teologado, para asumir lo mejor de cada metodología al planear el año. En ese sentido, el “Encuadre para la etapa de Teología” elaborada por los delegados de formación fue muy útil al organizarnos.
La apertura de los hermanos, la disposición a construir, el mutuo conocimiento y las ganas de caminar juntos fueron muy valiosos a la hora de ir desarrollando la vida. Realmente nos encontramos con facilidad, fuimos construyendo cada día la relación, revisando mensualmente el caminar y vimos que podíamos fluir en armonía, con claridad y en flexibilidad.
Fue muy útil participar en actividades de ambas provincias, como las reuniones de zona de la Provincia Félix de Jesús, porque los estudiantes conocieron a más Misioneros del Espíritu Santo y los sacerdotes pudieron conocer a otros hermanos. En esto también ayudó colaborar en acciones de Pastoral Vocacional de ambas Provincias. Yo termino estos dos años muy contento, satisfecho, agradecido, porque confirmo que podemos unir fuerzas, que nadie pierde sino más bien ganamos todos, que es necesaria la buena disposición y la apertura para conocernos, valorarnos, acompañarnos.

Compartir del H.D. Diego Guevara, M.Sp.S.
Lo primero que me sale pensar dentro de la experiencia que viví en el Teologado Interprovincial que formamos en la CDMX es el ambiente de fraternidad que se gestó. Considero que uno de los elementos centrales desde la planeación del proyecto fue el de compartir la fe y vivir en un clima de confianza como hermanos. Al mismo tiempo, la vida de comunidad dio diferentes frutos. El deseo de tener momentos de oración y recreación en común, pero también, la capacidad para realizar el trabajo en conjunto. Si bien los hermanos que integramos la comunidad cubríamos los espacios de la pastoral juvenil tanto del Pedregal como del Altillo, también tuvimos espacios para servir en otros ámbitos, por ejemplo, recibiendo en nuestra casa a hermanos presbíteros que deseaban un espacio de descanso y oración, apoyar en la formación de la Escuela de la Cruz con nuestros hermanos en Tehuacán, cooperando en diferentes aspectos dentro del IFTIM, entre otros.
Me da la impresión de que también fue un año importante para el cierre de la Teología de dos de los hermanos. La comunidad favoreció este cierre dando espacios propicios, dentro del cuadro de vida, para contar con tiempo suficiente para la realización de la tesina y la presentación del examen final de las «categorías teológicas». Esto indica que la experiencia presentó armonía entre la exigencia académica y pastoral en concordancia con los tiempos de oración y fraternidad.
Para finalizar, me parece que la experiencia, desde una perspectiva personal, se vio enriquecida por un conocimiento más cercano de mis hermanos de la Provincia de México. La casa fue punto de encuentro para tener convivencias por diferentes circunstancias. Esta cercanía también contribuyó al acercamiento a los proyectos pastorales y experiencias que se viven en el día a día de esta provincia. Del mismo modo, la comunidad se vio participando activamente de las reuniones de la Provincia Félix de Jesús, señalando con este gesto un genuino interés por la vida de ambas provincias. Podría concluir diciendo que la experiencia del Teologado Interprovincial en la CDMX acrecentó el sentimiento de pertenencia congregacional, haciéndome ver la riqueza que aportamos como Congregación, más cuando estamos convencidos de que hacer vida y misión juntos consolida la propia vocación y nutre nuestra propuesta.
Compartir del H.D. Humberto Ruiz, M.Sp.S.
La experiencia del Teologado Intercongregacional nos ha permitido finalizar los estudios teológicos y al mismo tiempo, realizar los Votos Perpetuos y el Diaconado. Esto ha sido posible gracias a los aprendizajes de experiencias pasadas, que hoy permiten una mejor consolidación de un trabajo más coordinado entre gobiernos, formadores y formandos. Quiero resaltar la disposición de los implicados que favorecieron para que la comunidad del Teologado pudiera fluir con gran sentido de fraternidad y unidad congregacional.
La riqueza de los proyectos de ambas provincias se pone en común, ya que los hermanos nos comparten los proyectos que se están gestando en cada una de ellas y que en los cuales, algunas veces, estamos implicados. El participar en reuniones de ambas provincias permite que los MMSpS conozcan la realidad que vive el Teologado y que los HH formandos conozcan la realidad que viven algunas comunidades y sus proyectos pastorales.
Ha sido una gran ventaja la casa del Teologado, tanto por su ubicación —que facilita el desplazamiento a la escuela y a las actividades pastorales— como su conexión con toda la ciudad y con otras comunidades dentro y fuera de México. Además, al estar en México, es posible colaborar en los proyectos de ambas provincias, con una participación puntual o constante.
Los estudios teológicos en el IFTIM los considero de gran valor para el aprendizaje personal y pastoral. A nivel nacional, el IFTIM es considera como una de las mejores escuelas. Agradezco de todo corazón el haber confiando nuevamente en este proyecto Intercongregacional, en el cual experimento una gran satisfacción personal, comunitaria y congregacional.
Compartir del H.D. Gustavo Hndez, M.Sp.S.
Para mi esta experiencia ha sido un verdadero regalo de Dios. Desde el primer momento descubrí que, la comunidad me hacía sentir mejor y me hacía cada día querer ser mejor. Aunque venimos de contextos distintos y con historias propias, lo que nos une es mucho más grande que lo que nos diferencia: el deseo sincero de seguir a Jesús en el carisma que hemos recibido.
Cada espacio compartido se convirtió en una oportunidad para crecer. Desde el compartir los procesos vividos en los estudios de Teología aprendí a escuchar nuevas perspectivas, a enriquecer mis propias ideas con la sabiduría y la sensibilidad de los hermanos.
En la oración común sentí la fuerza del Espíritu que sopla donde quiere y que nos fue uniendo en un mismo corazón. También en los momentos de descanso, de conversación espontánea y de risa fraterna experimenté que la comunidad no se construye sólo con proyectos y estructuras, sino con gestos sencillos de cercanía y confianza.
Lo que más valoro es la fraternidad que se fue tejiendo entre nosotros: no una fraternidad idealizada, sino real, hecha de respeto, de paciencia y de alegría compartida. Descubrí en los hermanos rostros diferentes de un mismo Cristo que se manifiesta en la diversidad. Esa riqueza me confirma que la vida comunitaria es una escuela de humanidad y de evangelio.
Creo firmemente que esta experiencia también me deja convencido de la belleza que tiene ser comunidades de puertas abiertas, casas donde todos se sientan bienvenidos, valorados y escuchados. Me deja convencido de que nuestra Congregación tiene un futuro fecundo si seguimos apostando por la fraternidad.

Conclusión
En cada relato se percibe la riqueza de la diversidad, la fuerza de la oración común, la alegría de la fraternidad sencilla y la misión compartida como expresión concreta de nuestro carisma.
Este tipo de experiencias nos confirman que la unidad no anula la identidad de cada provincia, sino que la potencia y la abre a horizontes nuevos. Nos recuerdan que, en medio de nuestras diferencias, es posible caminar juntos, aprender unos de otros y testimoniar al mundo que la fraternidad es más fuerte que la división.
El Espíritu nos invita a no dejar pasar estas oportunidades, sino a multiplicarlas y fortalecerlas, para que sean parte de nuestro modo habitual de vivir y de servir. Sigamos, pues, apostando por abrir nuestras comunidades y provincias a estos encuentros, convencidos de que en ellos se juega no solo nuestra vida interna, sino también la capacidad de nuestra Congregación de ser un signo profético para el mundo. Allí donde hermanos de distintos caminos se encuentran y se reconocen como una sola familia, allí el Espíritu hace nuevas todas las cosas.
